Se despertó como siempre un rato antes que su mujer, se sentó sobre el respaldo de la cama. Los rayos del sol se infiltraban sobre las rendijas de la persiana lo que le daba a la habitación una luz tenue de esas que dejan muchos rincones oscuros. Así se sentía su alma.
Sin hacer ruido tomó el porta retratos en el que se encontraba su familia y sacó la foto, dejando a la luz una foto mucho mas antigua. Una en la que se encontraba él dándole un beso en la mejilla a ella. Se veían tan jóvenes, tan inocentes pero sobre todo se veían felices. Las arrugas que ahora remarcaban su rostro y sus manos no se encontraban reflejadas en esa foto.
Volvió a mirar a su mujer, no tenia ni su pelo, ni sus ojos, ni su forma de entender al mundo. Pensó que debería estar teniendo un buen sueño por la sonrisa que reflejaba su boca. Se había prometido hacerla feliz a pesar de tener él su corazón roto. Creía que en cierta forma también eso era amor.
Volvió a ver la foto, era una foto casual, los dos venían de una feria en la plaza del pueblo y un fotógrafo les ofreció sus servicios.
Enfocó su mirada en la sonrisa de ella, no podía creer todavía que de la misma boca donde salía esa sonrisa al otro día saldría una espada que lo marcaria para siempre.
Cerró los ojos un instante, –Decir adiós a veces suele doler un poco. Se dijo a si mismo, esa frase se la había dicho ella 60 años atrás.
-Decir adiós suele doler un poco. Se volvió a repetir. –Debe ser por eso que todavía no me anime a decírtelo. Y volviendo a enfocar su mirada en los ojos inertes de ella, la escondió debajo de la foto de su familia.